La primera vez que presté atención a como le conectaban los cables en el brazo a mi hermana sentí miedo, una enfermera preguntaba si le ardía, otra si sentía frío, pero ella solamente las miraba con una cara de no querer ser dueña de su cuerpo.
Quise acariciarle la cabeza después de las primeras dosis de quimioterapia y me encontré que un camino de pelos se quedaba en mi mano, empecé a sentir que se deshacía lentamente. No fueron muchas las dosis para darse cuenta cómo su figura cambiaba, empezó a adquirir esa característica redondeada de las hormonas, una inflamación se llevaba a cabo en la totalidad del organismo como a los pollos cuando los inyectan. En pocos meses cambió su cuerpo completamente; los ojos rasgados, estrías a causa de la hinchazón, los brazos maltratados y las venas hechas hilos azules, eran la consecuencia de la batalla que se asume en el momento que una gota de quimioterapia toca la sangre. Me causó nostalgia en el momento que tuvo que abandonar el colegio e internarse en la casa, ahora los espacios eran restringidos para ella, cualquier contacto con la mínima bacteria podía desatar un malestar aún más peligroso y mortífero. Su cuerpo se había convertido en un territorio limitado, los alimentos se seleccionaban minuciosamente, un baño para ella especialmente esterilizado y el contacto con las demás personas era igualmente controlado para disminuir el ingreso de infecciones en su ambiente escéptico. El control en un espacio reducido se tornaba insoportable, Manuela se había convertido en una pieza diminuta completamente frágil y minuciosamente manipulada. No pasó mucho tiempo después del diagnostico inicial para que con un examen de rutina se visualizaran de nuevo las células inmaduras, cambiando la situación y modificando el protocolo inicial.
Las altas dosis de medicamentos para eliminar la enfermedad no habían sido suficientes, se debía ejecutar un procedimiento más agresivo, tanto para ella como para la enfermedad. Desde el diagnóstico se nos había familiarizado con la opción de trasplante de médula, pero se optaría por este sólo si se llegaba al extremo en el que se encontraba en este momento.
Los pasos eran relativamente sencillos, encontrar el donante como primera instancia, reducido en éste caso a las hermanas : Isabel y Camila.
Inicialmente se hace la recolección de las tres muestras de sangre a las cuales un experto en genética les practica un minucioso estudio de compatibilidad para esclarecer quien es el posible donante. Los limitantes del trasplante están centrados en la disponibilidad de un donante, delimitado por la Histocompatibilidad , entre hermanos hay 1 de 4 posibilidades en ser HLA idéntico, por eso la probabilidad de que un paciente leucémico tenga como donante un hermano HLA idéntico varía con el tamaño de la familia. Existía el 25% de probabilidad para que se pudiera realizar el trasplante, la enfermedad en ese momento involucraba a otra persona en el proceso, no como acompañante sino como complemento. En el papel se veían unos cuadros con números y letras en donde cada uno de ellos se anteponía al de Manuela, un cuadro comparativo. El de mi hermana Isabel era completamente contradictorio al de Manuela, pero el mío daba la certeza que éramos IDÉNTICAS sin ser gemelas. Compartíamos los antígenos necesarios para que en el momento del trasplante no se diera un rechazo por parte de sus anticuerpos. Se iba a dar inicio a una fusión, la unión entre las dos sin tocarnos. Mi sangre iba a ser de ella, las células que descendían de mi cuerpo se adaptarían al suyo promoviendo una reconstrucción biológica.
Imaginaba los espacios por los cuales iba a recorrer la sangre, se iba a transportar a otro lugar pero jamás dejaría de ser mía. Me practicaron varios exámenes en donde se estudiaba más a fondo la salud: el recuento de glóbulos blancos (leucocitos), rojos (eritrocitos) y plaquetas, enfermedades infecciosas (herpes, hepatitis, SIDA) de todos los padecimientos que se pudieran detectar por medio de la sangre, me involucraba lentamente con lo mínimo de mi ser, la mayor parte del funcionamiento orgánico, descubría capciosamente mi interior, los elementos que hacían parte de mi y los que no , cada minúscula fracción se disponía a ser estudiada y revelaba poco a poco detalles de mi cuerpo que anteriormente se escapaban de toda percepción.
Manuela estaba internada en el pabellón de trasplantados varios días antes para suministrarle altas dosis de quimioterapia, buscando disminuir la producción de células en la médula para que las nuevas lleguen a producirse sanamente, su cuerpo se hallaba completamente frágil, el médico nos dio una explicación simple para tratar de entender lo que estaba sobrellevando: “es como si ella estuviera desnuda en el polo norte”, suficiente para comprender que su vida se encontraba vulnerable ante un todo, ahora los cuidados no podían fallar, la más inofensiva infección que se filtrara era mortal, cualquier insignificante bacteria sería fatal ante su quebrantable organismo. No se podía tener contacto directo con ella, sólo mi mamá podía acompañarla, ella era la única persona con la que se sentía completamente segura. Varias semanas estuvo internada en la clínica luchando contra su propio cuerpo para sobrevivir el trasplante, se convirtió en alguien tan delicada que los dolores que había padecido antes no se comparaban en nada con lo que estaba tolerando ahora, no resistía su propia piel ésta se deshacía como arena parecido a lo que les sucede a los leprosos, se encontraba en el limite, el extremo más cercano a morir. Yo sentía un miedo constante, se suponía que apenas empezábamos la batalla y parecía se perdería rápidamente, creía que mis células no eran lo suficientemente fuertes para salvarla, un problema tras otro, primero era su piel y después los riñones los cuales dejaron de funcionar y provocaron una enfermedad la cual no dejaba que su organismo eliminara las toxinas del organismo, todo empeoraba y el sufrimiento era desmesurado, cuando logró sobrepasar todas estas torturas y completó el día +45 de trasplante, nos trasladamos a la casa, donde los cuidados no cesaron pero era un lugar más amable para ella, después de un tiempo no se acordó de casi nada cuando estuvo en la unidad de trasplante al parecer por las altas dosis de calmantes que le suministraban para apaciguar el dolor. Un vacío negro se hizo su memoria para olvidar.
El tiempo empezó a avanzar y todo se desarrollaba con una relativa calma, el color rosado de la piel empezó a anteponerse al verde moribundo que la caracterizó en la clínica, cada día que pasaba adquiría más fuerza y vitalidad, su cuerpo se estaba haciendo fuerte, ahora ya podía sentir como mi sangre le recorría las venas, percibí cada paso que dio como propio, de los esfuerzos que hizo para regresar al colegio, repasaba como mis células se hacían más fuertes en su organismo. Ella contaba los días en un calendario (cuando se llega al año de transplante se aumentan las probabilidades de cura) como los presos cuando cuentan los días para salir de la cárcel.
Llegó al año y los problemas anteriores se contemplaban cómo superados, pero es una enfermedad tan dañina y agresiva que realmente no hay certeza alguna para darla cómo exterminada por completo.
Mi mamá notó cómo se apoyaba en la baranda de las escaleras para subir a su cuarto, no lo dudó y se fue con ella hacia Cali a una cita de urgencia para esclarecer lo que sucedía, nuevos exámenes se le practicaron para descubrir en que lugar estaba situado el problema. Las noticias no fueron buenas y en un aspirado de médula los blastos reaparecieron y su cuerpo se encontraba de nuevo asediado por la enfermedad , las piernas no le respondían, al igual que su sistema urinario. En menos de un día convirtió en una inválida, en ese momento vi como por primera vez se rendía ante la enfermedad, se notaba el agotamiento y la desesperanza, ya no quería que la maltrataran con las agujas, se sentía más delicada que nunca. Mi mamá le ayudaba a orinar, su cuerpo no lo permitía, mínimo tres veces al día se le practicaba un cateterismo para que su vejiga no se llenara de orina y propiciara otra infección, el panorama que los médicos nos dieron fue aterrador, ya no había nada que hacer, solamente esperar a que su organismo se apagara.
Eran las 7 de la noche cuando subí a cuidados intensivos para despedirme de ella como las noches anteriores, llevaba tres semanas en UCI pediátrica de la clínica Valle del Lili, había pasado un mes desde la recaída, cuando entré a la sala noté que la máquina que marcaba los niveles de oxígeno y pulso sonaba y marcaba altibajos, apenas le pregunte a mi mamá que era lo que pasaba un médico me respondió: “ es que tu mamá le dio permiso” y entendí lo que había sucedido ese día por la mañana cuando mi mamá le hablo y le dijo que no se preocupara y que descansara tranquila. En ese momento ella se encontraba conectada a una maquina que le permitía respirar, el tubo recorría su garganta hasta llegar a los pulmones para darle oxigeno, aparentemente estaba dormida, mi mamá decidió despedirse de ella en ese momento y contempló (por primera vez) la idea que ella consideraba imposible, asumir la muerte como una posibilidad, la única que quedaba.
Después de haber comprendido lo que el medico me dijo se dio inicio a un procedimiento el cual no pensé fuera a presenciar.
La respiración empezó a disminuir y su corazón se acelero (un proceso normal cuando el cuerpo deja de recibir oxigeno) de nuevo reaparecía ese color mortífero de antes, ahora más morado que verde.
El “transcurso” duro media hora en la cual observamos como se desvanecía por completo. Sentí que una parte de mi yacía inerte junto a ella, un fragmento de mi vida había quedado atrapado en su cuerpo enfermo y ahora descansaba a su lado.
sábado, 10 de octubre de 2009
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